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“El mundo se divide entre los que pueden dormir y los que no”, escribió Marie Darrieussecq en “Sleepless”. De un lado de la cama están los afortunados que concilian y mantienen el sueño con una facilidad casi envidiable, y del otro lado, con una pierna colgando del borde, el 10 % de los adultos del mundo que, según algunas estimaciones, padecen insomnio.
“En los tiempos que corren estamos viendo que hay una gran cantidad de elementos que desajustan nuestros ritmos biológicos”, explica Alain Riveros-Rivera, médico e investigador de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá), especializado en medicina del estilo de vida, sueño, cronobiología y fisiología integrativa. Entre ellos, dice, la creciente exposición a pantallas y dispositivos digitales. “Toda esa tecnología ha modificado profundamente los patrones de luz y oscuridad que durante miles de años acompañaron a la humanidad”.
¿Cómo dormían los humanos antes de esta era de pantallas y bombillas, cuando la noche estaba iluminada apenas por la Luna, las estrellas o el fuego; cuando la oscuridad era realmente oscura, y los ritmos de la vida seguían mucho más de cerca los ciclos naturales del día y la noche?
En 2015, un grupo de investigadores intentó responder esa pregunta estudiando los patrones de sueño de tres sociedades preindustriales: los hadza, de Tanzania; los san del Kalahari, de Namibia, y los tsimane, de Bolivia, comunidades sin electricidad, sin televisión, sin internet, sin calefacción y sin aire acondicionado.
Descubrieron que no dormían muchas más horas que nosotros (entre 5,7 y 7,1 por noche), pero sí parecían dormir mejor: apenas entre el 1 y 2 % de las personas reportaban sufrir insomnio de manera habitual. Pocas, aunque suficientes para sugerir que las dificultades para dormir no son, en todo caso, exclusivas de la vida moderna.
“Hoy en día se ha profundizado mucho en la relación del insomnio con múltiples enfermedades”, explica Johanna Valderrama Zuluaga, neuróloga del Hospital San Vicente Fundación en Medellín. “Especialmente con las afecciones cardiovasculares y cerebrovasculares”.
Antes los médicos distinguían entre un insomnio primario, que aparecía por sí solo, e insomnio secundario, atribuido a otras condiciones. Hoy esa división ha sido abandonada en gran medida. Los investigadores entienden cada vez más que la relación es bidireccional: el insomnio puede ser consecuencia de otros trastornos, pero también puede contribuir a desencadenarlos, agravarlos o prolongarlos.
Hoy sabemos, de hecho, que el insomnio rara vez aparece de forma aislada. En 2021, un gran estudio basado en más de 20 millones de historias clínicas en Estados Unidos, encontró que los pacientes diagnosticados con insomnio presentaban con frecuencia trastornos de ansiedad, depresión, hipertensión, dolor de espalda, reflujo gastroesofágico, enfermedades tiroideas, y más de 170 comorbilidades más que sugieren que el insomnio forma parte de una compleja red de condiciones físicas y mentales, que a menudo se refuerzan mutuamente.
En 2022, un grupo de investigadores intentó resumir todo lo que la ciencia sabía y no sabía sobre el insomnio. Sabemos reconocer sus síntomas. La dificultad para conciliar el sueño, los despertares nocturnos y el despertar precoz siguen siendo sus manifestaciones más visibles. Pero también sabemos que el insomnio no se revela únicamente durante la noche. La fatiga, los problemas de atención y de memoria, la irritabilidad, la ansiedad, el bajo estado de ánimo y una sensación persistente de agotamiento forman parte del trastorno tanto como las horas pasadas en vela. Hoy, los principales sistemas de clasificación diagnóstica reconocen al insomnio como un trastorno mental por derecho propio. Sin embargo, no se trata de un trastorno mental en el mismo sentido que la depresión o la ansiedad.
Paradójicamente, cuando tenemos insomnio, quedarnos en la cama intentando dormir puede ser una de las peores cosas que podemos hacer. Una investigación publicada en 2022 explica que muchos pacientes terminan atrapados en un círculo vicioso: cuanto más se preocupan por dormir y más tiempo pasan acostados tratando de lograrlo, más difícil se vuelve conciliar el sueño. Por eso, una de las estrategias más utilizadas consiste en reducir el tiempo que la persona pasa despierta en la cama y reconstruir la relación entre ese espacio y el acto de dormir. Los especialistas llaman a ese conjunto de prácticas “higiene del sueño”. Básicamente, explica Paola Sarmiento, enfermera, magíster en enfermería y profesora de la U. de La Sabana, se trata de la rutina que rodea el momento de acostarse y que ayuda a regular el descanso.
La idea, en realidad, no es nueva. Antes de la industrialización, cuenta la historiadora Sasha Handley en “Sleep in Early Modern England” (“El sueño en la Inglaterra moderna temprana), dormir era una actividad que requería bastante preparación. Las personas cultivaban una serie de “señales culturales, sensoriales y ambientales” para inducir la somnolencia. Aromas familiares, rituales religiosos, determinados alimentos y remedios herbales como la lavanda, la lechuga o la raíz de mandrágora preparaban al cuerpo para el sueño. En los hogares adinerados, cuenta Handley, los textiles de los dormitorios solían ser lujosos y personalizados, y se remendaban repetidamente para que duraran generaciones.
“Hago un ejercicio en clase”, cuenta Sarmiento. “Les pregunto a mis estudiantes cuánto han invertido en un buen celular y cuánto han invertido en una buena almohada. No tienen ni idea”. La misma respuesta aparece cuando pregunta por colchones, sábanas o piyamas. “¿Quién se ha preguntado cuál es el colchón que facilita su sueño? ¿Qué sábanas le gustan? ¿Qué piyama lo ayuda a dormir?”, dice. “No nos hacemos esas preguntas porque no nos importa el sueño. Creemos que dormir es simplemente acostarnos en la cama”.
No son cosas demasiado complicadas. Mantener horarios regulares para acostarse y levantarse, evitar las pantallas antes de dormir, reducir el consumo de cafeína y bebidas energizantes durante la noche, procurar que la habitación esté oscura y silenciosa, o identificar qué tipo de almohada, colchón o temperatura favorecen el descanso son algunas de las recomendaciones más frecuentes.